Privacidad en el hogar – Enrique – 12:28pm
Soy el hogar y he
entendido que los días aquí están llenos de éxtasis, de disfrute, y para
aquellas almas aventureras le ofrezco resguardar con celo su lugar. Aquí en mis
venas, un gramo de su miel, ya forma parte de mí.
Mis amigos me dicen
Quiquín, pero aquí soy Enrique. Desde que colocaron las cabinas privadas se
puede disfrutar del sexo sin mirones y a un bajo costo. Estoy esperando a mi
amigo que conocí en una tarde de sensaciones aquí mismo, después de meses sin
vernos, hoy nos reencontramos para explorar el cuerpo.
Cuando llega solo nos
saludamos, platicamos diez minutos y empezamos con el juego del roce de la boca
con la carne, no pasa más, pero en este momento nos dirigimos hacia abajo, ahí
hay una puerta que te lleva justo a las cabinas privadas. Cuadro de dibujos con
forma fálica adornan las paredes,
cabinas completamente cerradas, la luz logra pasar las ventanas con mayor
intensidad que en la parte de arriba.
Entramos a la número seis, que es la que
nos toca, el lugar es de un metro y
medio por un metro y medio, hay una computadora y dos sillas color amarillo. Debajo de las mesas adornan las decenas de servilletas sucias que dan un olor
peculiar al lugar y un rollo de papel para limpiarse después de disfrutar la
habitación. Aunque está fresco es imposible no sudar con el calor del cuerpo
estrechándose con otro.
El recorrido
de posiciones es extenso, el gozo es gradual y compartido. Disfrutar de poseer y
ser poseído es delicioso. La versatilidad es el mejor rol para mí, así me dejo
someter y luego someto.
Seguimos besándonos, presionamos nuestros cuerpos, es aquí
en lo privado donde no me preocupa porque me vean y lo disfruto más. Ya no siento el miedo ni la pena.
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