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Hogar de Eros: 7ta parte

                                                    El hogar – 23:45pm

Un día tan común en mi existencia suelen pasar diversidad de cosas. Pagan tan solo doce pesos por hora en los cubículos de arriba y cuarenta y ocho por las cabinas privadas y aun así no reconocen el favor que les hago al resguardar sus historias de pasión. Tal vez esa es mi función y aunque suena a costumbre, se aprende a vivir con ello. Todos los días extiendo mis brazos para recibir un alma, un hambriento de amor, sediento de placer,   un cuerpo buscando el calor de otro para apaciguar la lujuria.

Algunos se protegen, otros no, y aunque sea una morada para el placer, sigo siendo el sitio preferido en donde el que entre ya sabe a lo que viene.

Del otro lado, en donde no hay cubículos y está el espacio, entre la tenue luz de la parte alta se reúnen las miradas, y una vez más, entre las suaves sombras dos seres se unen por la satisfacción carnal. Las siluetas contrastan en la pared, dibujando los cuerpos unirse una y otra y otra vez, luciendo la  espléndida figura de dos hombres luchando por satisfacer sus más bajos instintos carnales.

La vida pasa, yo me mantengo como el hogar del deseo, el castillo de los ofendidos, de los lastimados, el lugar favorito del mundo sexual. Tal vez no sea solo una cita con la satisfacción, puede que sea la cita perfecta, la morada que protege de las ofensas, en donde lo único importante es disfrutar pase lo que pase afuera.

En mis adentros habitan guerreros, soldados y reyes viniendo de una odisea contra el mundo, como aquellos griegos que se unen al festín entre copas de miradas cautivadoras, empiezan la celebración con roces, abrazos y zancadas,  compartiendo vinos y manjares. Me siento el hogar de Eros, de aquel Dios responsable de la atracción sexual y el sexo.

El olor al anochecer, cala. La mezcla entre el sudor, la pasión y el néctar del placer se  desborda entre mis paredes. El olor a esencias naturales del amanecer desaparece y se impone el aroma a sexo.


Por mis ventanas golpea el susurro del aire, la luz del sol no cala, no consigue intrigar a los participantes. En cada pecho humano laten los corazones aumentando sus pulsaciones en un vaivén. Uno a uno los pasos descendentes se presentan por las escaleras, con una sonrisa sincera o fingida se despiden los miembros, no sin antes reservar sus cuerpos en el mismo hogar para el mañana que esta por empezar.

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