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Aquella noche de luna llena

Ese acto quedó estampado en mi cerebro. Tenía temor de ser alcanzado, de ser atrapado y arrestado. Pero no más, temor solo a eso. Para esos tiempos yo aún era muy joven, pero no estúpido.  Aquella noche de luna llena solo sentía el aire golpear mi rostro, fuerte, muy fuerte. Mi melena se alborotaba y en ocasiones no me dejaba ver por dónde íbamos. En ese momento el cielo no estaba tan oscuro, era iluminado por la luna, bella, impasible y majestuosa, esa luna de octubre que tanto impacta y enamora. Era adornada por nubes que se acercaban a ella incesantes, veloces y amenazantes a su luz.  Aquella luna estaba tan roja que parecía bañada de sangre, contemplaba una noche tranquila escondiendo infinitas verdades.

A pesar de que andábamos en una motocicleta, papá iba muy rápido, como una ráfaga viviente que va pasando y desaparece en segundos por la calle. Me sostenía a él con mis brazos cruzando su cintura. Estábamos escapando.  

Unos minutos antes, lejos de esta fuga, papá y yo habíamos planeado el atraco a la gasolinera de la carretera. Armados y organizados, sabíamos que sería un éxito ya que esa noche solo habría dos empleados atendiendo. Sabíamos también cuál era la hora menos transitada.

No era la primera vez que cometíamos un asalto juntos, mi padre me había enseñado desde pequeño a robar, con cuchillos y pistolas. 

La motocicleta se aparcó justo en la gasolinera, bajé a tomar la manguera e introducirla al tanque, mi padre se quedó sentado. Amablemente el chavo encargado se acercó a nosotros para atendernos, mientras el otro trabajador se dirigía al baño. Cuando observé que mi padre se llevaba la mano por debajo de la camisa supe que todo iba a iniciar, pero no  dio tiempo de hacerlo. Todo se salió de control. 

Fue en un par de minutos. Justo a lado de nuestra moto se detuvo otra, con un señor que iba a robar, solo que no en colaboración con nosotros. Sacó un arma apuntando hacia mi padre y luego al encargado. Me quedé plasmado por un segundo. Escuché gritos y groserías, pero no fue suficiente para aturdirme por más tiempo.  El encargado, en un acto de valentía y estupidez, se abalanzó sobre el señor intentando quitarle la pistola, no fue nada hábil, ni siquiera llegó a él y el arma se disparó. El joven cayó agonizante sobre el suelo. Rápido el señor apuntó a mi padre nuevamente. Cuando vi eso presentí la muerte de papá, pero no estaba dispuesto a sufrirlo.

El señor estaba despistado, se notaban sus nervios en el temblor de su mano, en el ir y venir de su rostro entre el joven agonizante y mi padre. Tal vez yo era aún muy joven para ser una amenaza para él. No tenía ni idea que nosotros íbamos a lo mismo. 

Eso lo aproveché. Yo no infundía ningún peligro. En una más de sus distracciones, saqué mi arma, apunté al señor y sin pensarlo más, disparé. 

Su cráneo explotó, o al menos eso vi, era la primera vez que disparaba a una persona. Vi como caía lentamente su cuerpo adormecido al piso, sus manos reposaban extendidas. Un cuerpo inmóvil, tan apacible y sin respiración. La sangre escurría por el orificio de su cabeza, el impacto fue letal y escandaloso, todo su rostro estaba pintado de rojo. Un rojo intenso que provocaba deleite.  Sus ojos estaban abiertos, apuntando hacia la nada, perdidos entre el silencio y la ausencia que dieron señal del inmediato escape de la vida.

La impresionante imagen se estaba almacenando en mi cerebro, tan impactante y sangrienta. 

Mi padre me gritó y reaccioné. Hizo que subiera a la moto. Empezamos a andar, escapar, sin dinero, sin nuestro asalto, pero sí con mucha sangre en mi mente.  No me sentía mal, se lo merecía.

Íbamos ya lejos, sin personas atrás de nosotros, ya no me sostenía a la cintura de mi padre. Recordé al chico que se metió al baño y nunca salió. Tal vez se escondió cuando escuchó el disparo. No nos detendríamos a averiguar qué había pasado con él. 

El aire pegaba contra mi rostro, lo sentía tan liberador y apacible. Conforme avanzábamos la luna se empezaba a ocultar con las nubes, aprecié que su tono le hacía honor al color de la fotografía que ya estaba guardada en mi cerebro. Mi padre y aquella noche de luna llena fueron los testigos del inicio de un placer infinito. 

Desde entonces me cautiva el color rojo, me deleita ver la sangre, provocarla me da placer.  Esa noche que quedó entre tinieblas, fue un precedente del monstruo que ahora dicen que soy.

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