El hogar – 23:45pm
Un día tan común en
mi existencia suelen pasar diversidad de cosas. Pagan tan solo doce pesos por
hora en los cubículos de arriba y cuarenta y ocho por las cabinas privadas y
aun así no reconocen el favor que les hago al resguardar sus historias de
pasión. Tal vez esa es mi función y aunque suena a costumbre, se aprende a
vivir con ello. Todos los días extiendo mis brazos para recibir un alma, un
hambriento de amor, sediento de placer,
un cuerpo buscando el calor de otro para apaciguar la lujuria.
Algunos se protegen,
otros no, y aunque sea una morada para el placer, sigo siendo el sitio
preferido en donde el que entre ya sabe a lo que viene.
Del otro lado, en
donde no hay cubículos y está el espacio, entre la tenue luz de la parte alta
se reúnen las miradas, y una vez más, entre las suaves sombras dos seres se
unen por la satisfacción carnal. Las siluetas contrastan en la pared, dibujando
los cuerpos unirse una y otra y otra vez, luciendo la espléndida figura de dos hombres luchando por
satisfacer sus más bajos instintos carnales.
La vida pasa, yo me
mantengo como el hogar del deseo, el castillo de los ofendidos, de los
lastimados, el lugar favorito del mundo sexual. Tal vez no sea solo una cita
con la satisfacción, puede que sea la cita perfecta, la morada que protege de
las ofensas, en donde lo único importante es disfrutar pase lo que pase afuera.
En mis adentros
habitan guerreros, soldados y reyes viniendo de una odisea contra el mundo,
como aquellos griegos que se unen al festín entre copas de miradas
cautivadoras, empiezan la celebración con roces, abrazos y zancadas, compartiendo vinos y manjares. Me siento el
hogar de Eros, de aquel Dios responsable de la atracción sexual y el sexo.
El olor al anochecer,
cala. La mezcla entre el sudor, la pasión y el néctar del placer se desborda entre mis paredes. El olor a
esencias naturales del amanecer desaparece y se impone el aroma a sexo.
Por mis ventanas
golpea el susurro del aire, la luz del sol no cala, no consigue intrigar a los
participantes. En cada pecho humano laten los corazones aumentando sus
pulsaciones en un vaivén. Uno a uno los pasos descendentes se presentan por las
escaleras, con una sonrisa sincera o fingida se despiden los miembros, no sin
antes reservar sus cuerpos en el mismo hogar para el mañana que esta por
empezar.
Escrito genial...
ResponderEliminarEscrito genial...
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