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Medio día en primavera

Bajo un enorme árbol frondoso, con ese intenso verde de sus hojas, en una banca de metal color café se encontraba sentado Bruno, tan quieto, como si el aire o la vida no pudiesen moverlo. Era primavera sin duda, el sol se encontraba en el punto más fuerte del día iluminando el mundo y tan reluciente entre el cielo azul rodeado de algunas  nubes blancas como las hojas de papel.  Frente a esa banca estaba una pequeña laguna para nada profunda, tal pareciera que solo era parte del juego  de ese paisaje majestuoso de aquel lugar.

 Entre sus manos,  Bruno sostenía un  libro, tal vez el escritor de ese grueso y pesado volumen había derrochado todas sus ideas en el, tan impávido e hipnotizante era la lectura que ni siquiera el canto de aquellos pájaros coloridos sobre el árbol hacían que Bruno apartara sus ojos de el. Las ramas del árbol se extendían sobre la laguna igual de impasible. 

Una hoja desprendida por el suave soplido del aire empezó a descender y a bailar en su lenta caída hasta tocar  el agua rompiendo su calma. Por fin Bruno se distrajo. Algo tan simple y normal para cualquier persona no podía ser de la misma manera para él. Bruno era un ser humano cautivado por la belleza de la vida, captaba de lo simple lo extraordinario. Se movió dejando el libro sobre la banca, y se puso de pie caminando unos cuantos metros hacia la laguna. 

Sus movimientos eran lentos pero seguros. Llego lo más cerca que pudo de la orilla, se dobló  y llevo la mano hacia la hoja recién caída. Sobre el agua pasiva vio su reflejo como si fuera la primera vez. Su rostro estaba arrugado, su pelo brillaba por su tono blanco y ahora sus ojos estaban cansados y viejos, la última vez que se observó en un espejo no era así. Algo estaba mal y de repente cayó al suelo golpeando su cuerpo contra el pasto. Sacudió sus manos para limpiar la tierra y las cosas fueron peor. Sus manos estaban arrugadas y gastadas, marcadas por el paso del tiempo que él no había sentido. Pensó que tal vez era un mal sueño, una pesadilla de la que ya quería despertar.

De repente una chica rubia apareció, de prisa sostuvo a Bruno por los brazos y le ayudo a levantarse.

.- ¿Quién eres? - Pregunto Bruno asustado por el arribo de la chica. Ella llevaba una camisa y falda color blanco, unas largas medias y zapatos del mismo color, sobre la cabeza le adornaba su cofia.

.- ¡Trabajo aquí! -  La enfermera respondió justo cuando sentaba al señor.   

.- ¿Qué pasa? ¿Qué es este lugar? ¿Por qué tengo arrugas?  - Unas tras otras fueron las preguntas que invadieron la mente de Bruno y se las expresaba a la joven.

La enfermera se disponía a contestar las preguntas cuando apareció Aless.

Un señor calvo y  alto, de ojos verde esmeralda, tez morena, en sus manos sostenía un largo bastón, se sentó sobre la banca a lado de Bruno.

.- Déjame con él. - Le pidió a la enfermera amablemente y le lanzo una  sonrisa escondiendo una melancolía que le carcomía el alma.

Bruno marco su distancia de aquel anciano desconocido e interpuso el libro entre ellos. 

Aless extendió sus manos para alcanzar las piernas de Bruno pero este le respondió con un golpe sobre sus cálidos dedos.

.- ¡Bruno! - Solo fue necesario que una vez pronunciara su nombre aquel desconocido para que Bruno sintiera su cuerpo estremecer. 

Entre toda la nube espesa que tenía en la mente pudo ver en aquellos ojos color esmeralda a su gran amor.
.- ¿Aless? -  Dudó un momento en saber si obtendría una respuesta para ese nombre.

.- ¡Sí, Soy Aless! - Por las mejillas de aquel anciano empezó a rodar una lágrima llena de alegría y sorpresa cautivado por el regreso de su compañero.

.- Pero… ¿qué pasa?  - Bruno estaba realmente confundido por lo que estaba pasando.


.- ¡Te extrañé tanto! - Aless estaba emocionado de volver a tener a Bruno lucido después de tanto tiempo y coincidir en ese día.

.- ¡No sabes cuánto tiempo he esperado este momento! - Extendió sus brazos y ambos se fundieron en un fuerte abrazo. Un abrazo de complicidad y amor.

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