De repente tocaron la puerta. El aire frío lograba penetrar a la cabaña por las rendijas de las ventanas. La temperatura oscilaba a -15°C y la calefacción apenas hacía su trabajo. Bernarda se levantó de la silla con tal nerviosismo que accidentalmente tiró la tasa de porcelana y el polvo dorado se espacio por el suelo, continuo su camino con dirección a la ventana junto a la puerta, jaló parte de la cortina azul aterciopelada y espió.
En el exterior la nieve cubría todo el prado solitario, los pocos pinos que rodeaban la cabaña estaban cubiertos por copos de nieve, no había señal de personas; Bernarda sabía que se avecinaba lo que tanto había temido desde hacía 12 años. Giró la cabeza con dirección a Fabricio y con sus ojos iluminados con lagrimas pudo gritar... ¡Corre!
Fabricio poco sabía, su tía siempre estuvo a cargo de el. En una noche igual de fría, Bernarda le había contado que tenía que huir siempre. Hacía dos meses que habían llegado a la cabaña, huyendo de una patrulla de personas de largas túnicas plateadas y con cascos color negro, justo en el centro se dibujaba un lobo recostado en una media luna. Esta noche se sentía el frío calando los huesos. Cuando Fabricio escucho el grito de su tía empezó a correr y subió por las escaleras. La puerta estalló y la tía salió disparada al aire. Fabricio agachado por la estruendosa explosión buscó con la mirada a su tía.
Esta yacía en el suelo tratando de pararse. Aquellos hombres con largas túnicas entraron a la cabaña. El mas alto llevaba una espada de plata adornada en la manija con la cabeza de un lobo. La tía logró ponerse de pie y le lanzó la mirada a la persona que ya estaba frente a ella. Aquel hombre tenía 180 metros de altura, en su mano llevaba un delgado trozo de palo de 30 centímetros, lo levantó por encima de su hombro y de el salio un destello de luz hacia Bernarda. Fabricio vio como su tía fue lanzada de un extremo a otro justo a lado del hombre mas alto. Con desesperación el se puso de pie y solo pudo observar a aquel hombre erguir su espada y atravesar a Bernarda por el estomago. De su boca salía sangre a borbotes. Fabricio estaba paralizado sobre las escaleras, tenía grabado lo que su tía le repetía todos los días, sabía que tenía que huir pero la mirada sobre ella extendida en el suelo rodeada de sangre le impedía moverse.
Continuo subiendo las escaleras, en el pasillo solo tenía dos opciones, entrar al cuarto de su tía o al suyo. Abrió una de las puertas y vio las pertenencias de su tía aún sin acomodar. Cerró la puerta y atravesó una silla para impedir el paso, ahora la única salida que tenía era la ventana ovalada. Su corazón salto cuando escuchó los pasos del hombre subir las escaleras. Se acercó a la ventana y estalló una lampara contra el cristal, los vidrios se destruyeron dejando pasar la rafa polar entumiendo de los pies a la cabeza, la caída no dolería porque la nieve se alzaba a 15 centímetros del suelo.
La puerta de la habitación se destrozó. Fabricio estaba frente a aquel hombre que había matado a su tía. El odio traspaso su mente queriendo arrancar con sus manos la cabeza del asesino. El hombre corrió hacia el apuntando la espalda al cuello del chico. A fuera, muy arriba del techo de la cabaña se oyó un trueno romper el cielo. El hombre que apuntaba el cuello de Fabricio le temblaron las piernas y sollozó un momento. Buscó con la mirada a su compañero pero estaba solo con el chico. A lo lejos se escuchaba como algo golpeaba con el aire y se acercaba a gran velocidad y en unos segundos algo había aterrizado. Una ráfaga de fuego penetró la casa y cruzó toda la planta baja quemando todo a su paso.
Fabricio estaba anonadado, no sabía que pasaba y al parecer no era el único, el hombre que lo apuntaba hace un momento se alejo de el temblando. Sus ojos aterrados estaban fijos sobre la ventana con vidrios rotos. Fabricio expectante giró la cabeza.
Afuera en el aire estaba un dragón gigantesco con alas majestuosas, escamas doradas, sus ojos rojizos apuntaba al hombre de túnica. Aquel hombre salió corriendo de la habitación encontrándose con el fuego que se expandía centímetro a centímetro. Fabricio se encontraba petrificado ante la imponente presencia del dragón. Ellos no se habían manifestado hasta hace unos segundos. Sus ojos brillaban ante la luz del sol, sus ojos ya no transmitían coraje, ahora estaban llenos de nostalgia y admiración, inclinó la cabeza y se colocó de lado extendiendo a la ventana una de sus alas.
El fuego alcanzó la habitación, el sabía que tenía que subir, aquel gigante se ponía a su servicio. Colocó sus piernas en la ventana y saltó al ala. Eran cálidas a pesar del inmenso frío que hacía afuera. cruzó sus brazos sobre el cuello y el dragón empezó a revolotear las alas.
A la distancia, elevándose al cielo, los ojos de Fabricio estaban sobre la cabaña ardiente, no pudo evitar recordar el dolor, su tía estaba adentro quemándose con aquellos hombres. Retiró su mirada y levantó los ojos al sol. Entre las nubes, sentía el calor invadiendo su cuerpo y en un instante ya no volaban solos, cientos de dragones se unían al viaje cuidándolo, confundido y con miedo se abrazó fuerte al dragón y desaparecieron entre las nubes.
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