Su estatus de burócrata le impedía asistir y hacer lo que socialmente estaba mal por los años noventa. Los actos homosexuales eran reprimidos y esto les hacía ir a satisfacer sus necesidades por otros rumbos lejos de la gran urbe social y moralista.
Enrique era un burocrata homosexual casado con Irma por compromiso, juntos tenían dos hijos universitario. Era casi ya media noche en verano, al salir de la oficina de gobierno se dirigió al bar que frecuentaba, un lugar privado y alejado de la ciudad. En el bar, las luces tenues confabulaban con la necesidad de Enrique. Siluetas de personas se dibujaban por todo el sitio. Hombres masculinos, musculosos, afeminados, travestís, discretos, elegantes, de todo lo que siempre se podía observar.
Cuando el burócrata llegaba se le colocaba en el mejor lugar, el mas cómodo en donde pudiese observar con libertad.Se encontraba sentado en el sofá rojo con una copa de vino en la mano. Observó alrededor y solo pudo ahogar su mirada en aquel chico de piel morena, alto y esbelto con un rostro angelical. El joven clavó sus ojos en Enrique y comprendió el estatus de aquel señor. Con la mirada puesta en él, le lanzó una sonrisa coqueta, bailaba suavemente al ritmo de la música intentando seducirlo. Enrique le indicó con la mano que se acercará.
Frente a frente bailaron pegando sus cuerpos, rozando la piel. Sus labios se unieron con intensidad y pasión revoloteando sus lenguas sin pudor. Unos minutos fueron suficientes para que Enrique decidiera llevárselo al hotel.
Antes de retirarse el jóven con el que estaba le sugirió algo de lo que Enrique no pudo negarse. Se llevarían al amigo que estaba en la barra solitario para hacer un trío. Se dirigieron hacia el emocionados. Juan se encontraba tomando una cerveza turnándose con el cigarrillo. Cuando escuchó su nombre, giró su rostro y vio con nerviosismo y sorpresa a su padre tomado de la mano del amigo.
Enrique se sonrojó y sus ojos se perdieron en Juan. Padre e hijo estaban en el mismo lugar ocultándose de la sociedad. Juan no pudo decir nada, se levantó de la silla y se dirigió a la salida. Enrique salió atrás de el, lo tomó del brazo pero el chico lo empujó y cayó al suelo. Corrió a la calle, subió al carro y arrancó con velocidad huyendo en la oscuridad. Enrique, parado en la puerta junto a su conquista, solo pudo observar el coche de su hijo perderse en el camino.
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